Biblioteca Becquer

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Una Mañana de Verano

Año 1952

Rodrigo mordisqueaba despreocupado una brizna de hierba mientras observaba el color rojizo de una botella de vino.

- ¿Qué clase de vino es éste, no tiene sello ni origen? – preguntó Rodrigo.

- No lo sé, se lo robé a mi abuelo en la fiesta de Pentecostés. Tiene tantas que no creo que la eche de menos – aclaró Pedro mirando las formas de las nubes entre las hojas.

- Es de la Ribera del Duero – murmuró Luis.

- Que sabrás tú si sólo bebes vino en la iglesia – se burló Rodrigo, que tras dar un buen trago dejó la botella sobre la hierba.

Leandro observó embobado un abejorro pasar con su zumbido. El insecto planeó sobre la hierba buscando algo que libar y después se perdió entre la maleza.

- ¿Qué es lo mejor de la vida, el vino o las mujeres? – preguntó Leandro al viento.

- Las mujeres – masculló Luis.

- Lo mejor es estar aquí tirados sin tener que escuchar a la señorita Lourdes definir la geometría del círculo – dijo Rodrigo.

Los chicos rieron...

- Lo mejor es el pecho de Cristina – dijo Pedro como recordando algo.

- ¿Qué sabrás tú del pecho de Cristina? - Dijo Rodrigo.

- Le toqué un pecho el verano pasado – dijo Pedro.

- Eres un farsante. Tú no has tocado en tu vida a una mujer – replicó Rodrigo.

- Te digo que es cierto, Cristina y su madre llegaron a dormir a casa para bordar el mantón de tía Pilar – Pedro bebió un trago de vino, después continuó recordando y hablando como ensimismado - recuerdo aquella noche, ella dormía en la habitación de invitados. Eran casi las tres de la madrugada y el deseo de estar a su lado no me dejaba dormir. Me levanté y caminé en silencio hasta la puerta de su habitación y allí contemplé su cuerpo ligero, extendido sobre la cama, oculto tras un camisón blanco de seda, iluminado por la luz de la luna llena que entraba por la ventana. No sé cuanto tiempo estuve así… contemplando su cuerpo en silencio, sus labios respirar y el perfil de sus pechos dibujado en el camisón. Al fin, me acerqué a la cama, como quien se acerca al altar de una diosa y me arrodillé junto a ella. Con una mano acaricié sus suaves mejillas pero mis manos temblaban y ella abrió los ojos soñolientos... ¡no te vayas!... dijo, mientras intentaba levantarme y sin decir más, sonrió y llevó mi mano a su pecho...

- ¡Estás borracho! – se burló Rodrigo.

- Te digo que es cierto – dijo Pedro sin alterarse – pero tú no sabrías cortejar ni a una mula.

Luis rió a carcajadas.

- Así que estás enamorado – afirmó Rodrigo pero Pedro no contestó.

- Sabéis, creo que a mí me gustan todas. Soy un Don Juan, no hay mujer hermosa de la que no me enamore. Morena, rubia, alta, delgada, de ojos verdes... es igual, si es hermosa, si se mueve con gracia entonces la amo aunque sólo sea unos segundos – se explicó Luís.

Los chicos reían.

- Cada mujer hermosa que encuentro al pasear por la calle me arrebata el corazón. Yo la miro y pienso “es la mujer mas hermosa que he visto”. Desearía llegar hasta ella y decirle “perdone que la moleste, acabo de enamorarme de usted”. Pero apenas unos pasos mas adelante mis ojos miran a otra mujer más bella, más elegante y pienso de nuevo “es la mujer mas hermosa que he visto, me acercaré a ella y le diré educadamente, “buenos días me permite invitarle a un café” y ella me mirará sorprendida y dirá “está bien, ¿por qué no?” pero en ese momento otra mujer aún más bella cruza la calle muy cerca...- dijo Luis.

- Entonces no eres un Don Juan eres mas bien un sátiro – comentó Rodrigo.

- Yo seré lo que quiera – contestó Luis muy convencido.

Leandro bebió del vino y habló – Pues yo creo que nunca me casaré. Estoy enamorado de mujeres que sólo existen en las novelas, en el cine y en mi imaginación, mujeres aventureras, con las que recorrer el mundo. ¿Por qué no habrá mujeres así en el pueblo?.

Pedro rió de nuevo.

- Supongo que las habrá pero no vendrán a llamar a la puerta de tu casa – dijo Pedro.

- ¿Y tú Rodrigo que piensas de las mujeres? – preguntó Luis intrigado.

Rodrigo esperó un tiempo.

- No lo sé... mi hermano dice que estar con mujeres es algo serio, que no todo es tocar pechos, que un día todo va bien y al siguiente todo son problemas, no lo sé, supongo que si el destino quiere algún día encontraré la mujer de mi vida – dijo Rodrigo.

Y los chicos quedaron en silencio, pensando donde estaría en aquel momento la mujer de sus vidas.

© Miguel Ángel F. G. - Todos los derechos reservados.

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