Biblioteca Becquer

<--Volver al Indice

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual. El autor no autoriza la copia o la exposición en un medio público del relato sin su consentimiento o sin citar expresamente al autor del mismo y a esta página web como origen del relato.

Leyendas de Celtiberia

Los centinelas hicieron sonar las campanas de guerra. Los hombres corrieron en la aldea y se armaron y ascendieron a las almenas de las torres de piedra. Desde la altura vieron acercarse una espantosa hueste. Eran esqueletos humanos, caminaban con paso extraño armados con espadas y escudos y yelmos en sus calaveras. Nadie supo de donde llegaron. Los ancianos dijeron que eran los muertos de los romanos caídos en batalla que regresaban para vengarse pero aquellos que habían viajado lejos, creyeron que venían de las tierras que se perdían hacia las llanuras silenciosas, donde hablaban de grandes santuarios de piedra inhabitados.

Sea como fuere los guerreros carpetanos, encabezados por Merel, Señor de la aldea, salieron a su encuentro en campo abierto pues a nada temían bajo el cielo.

Los hombres se preguntaron entonces como matar a quien ya esta muerto y Merel les respondió.

- Si murieron una vez volverán a morir bajo nuestras hachas ¡Destrozadles hasta el último hueso! - gritó Merel.

Y se lanzaron a la batalla en gritos de guerra. Los aceros quebraron huesos y carne sin descanso, el viento olía a sangre y al fin, el campo se cubrió de cadáveres, de esqueletos rotos y calaveras abiertas y aquellos muertos que caminaban descansaron en paz y los que quedaban en pie cargaron los huesos astillados y los llevaron a la cima de una colina cercana y allí los enterraron y cubrieron la tierra con una gran estela de piedra donde se leía:

En Carpetania no hay caminos para los muertos.

Ahora sólo los lobos aúllan sobre el Cerro de San Pedro, donde se cuenta está enterrada aquella hueste de esqueletos.

II

Cuando la última hoja del otoño caía, los Astures navegaban con sus barcos ligeros y rápidos a la Torre del Horizonte. Le llevaban a los espíritus del mar perlas recogidas en los fondos rocosos y raíces de muérdago. La torre se elevaba con sus muros de resplandeciente coral ambarino desde las olas, en mitad de las aguas y alcanzaba la altura de cuatro robles. Una escalinata hacía de embarcadero y ascendía hasta un portón de hierro cubierto por la sal que la brisa arrastraba. Los pescadores contaban que la torre fue levantada por los hijos de Yana Ul y construyeron sus muros desde las profundidades del mar y desde sus almenas podían contemplarse las costas lejanas.

La última hoja cayó aquel otoño y los pescadores Astures se hicieron a la mar desde las arenas de la costa. Sus barcos portaban una sola vela con un halcón bordado. Navegaron dos días y dos noches sobre el azul infinito rumbo al Mar de Azalia y a la tercera mañana avistaron la Torre del Horizonte brillando sobre el mar.

Al llegar los más ancianos ascendieron por la escalinata y dejaron las perlas y las raíces a los pies del portón. Mas tarde zarparon rumbo a sus hogares. Al alba vieron como algo se agitaba en las olas y una sierpe gigante de mar alzó su cabeza de escamas plateadas y abrió sus fauces desafiante hacia el barco, dejándose caer a las aguas con enorme estruendo. Los hombres le rezaron a la Madre Tierra y comenzaron a remar con fuerza mientras la sierpe se acercaba veloz, cuando una densa niebla surgió de la nada y ocultó la mar y el barco a los ojos de la sierpe y un viento poderoso guió la vela hacia las costas cercanas.

Los hombres llegaron a sus hogares y contaron lo ocurrido a sus esposas e hijos y dieron gracias a Matres y esa noche mezclaron el vino y la miel en su honor.

III

En las noches sin luna, los druidas Arévacos se reunían en las faldas del Monte Cauno, ahora Moncayo. Encendían fuegos y hogueras con ramas secas de olivo para guiar a las estrellas en su viaje nocturno. Dicen que algunas estrellas se extraviaban al no ver la luna y caían a tierra y en los bosques aún conservaban su luz y tomaban la forma de luciérnagas, que los druidas tenían por sagradas y encontrar su luz en las noches de verano era signo de buen agüero.

Rozando el alba, los druidas iniciaban el Canto del Fuego y sus voces se alzaban graves, recorriendo los valles. Le cantaban al amanecer para apaciguar su fuerza, así las heladas no malograban el trigo ni detenían el aliento de los carneros recién nacidos.

En el Moncayo los druidas levantaron altares sagrados a los dioses. Con las artes antiguas llevaron de un lugar a otro grandes rocas, invocando la misma fuerza con la que el Moncayo sostenía los cielos sobre su cima nevada, mas...aquellos conocimientos se perdieron en el tiempo.

© Miguel Ángel F. G. - Todos los derechos reservados.

Comprueba la validez XHTML 1.0 Strict de ésta página ¡CSS Válido! WebMistress
Página desarrollada por Miguel Ángel - mafg1977 (arroba) yahoo.es
Página programada y diseñada por Lidia M. "DarkGaze" - Madrid
Página web cultural sin ánimo de lucro.