Biblioteca Becquer

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La Guadaña

El suicida miró una vez más desde la cornisa y saltó.
El vuelo le pareció tranquilo. Algo frío quizás. Mientras caía dos gorriones le observaron desde un álamo cercano.
- Si no comienza a mover los brazos se va a matar – dijo uno de ellos.
Entonces llegó al suelo. No se movía. Cuando abrió los ojos un esqueleto embozado en una túnica negra le miraba.
- ¿Estoy muerto? – dijo
- No – contestó el esqueleto con tono cortante.
- ¿Pero me he tirado de un sexto piso? – dijo el hombre tocándose la rodilla que le sangraba tras la caída.
El esqueleto se encogió de hombros.
- ¿Si estoy vivo quién eres tú? – preguntó el hombre.
- La muerte – dijo el esqueleto
- Entonces estoy muerto – dijo el hombre.
- Aún no – dijo el esqueleto.
- ¿Cuánto me falta para morir? – preguntó el hombre.
- No lo sé – dijo el esqueleto.
- ¿No lo sabes y eres la muerte? – preguntó el hombre.
- He perdido la guadaña. Se la tiré a un mafioso que corría intentando huir. La guadaña cayó a un barranco y la perdí. Ahora estoy esperando – dijo el esqueleto algo cansado.
- Esperando a que... – dijo el hombre.
- A que me traigan otra guadaña. ¡Ya he avisado! ¿vale?. En cuanto llegue terminamos con esto. Yo también quiero irme. Tengo trabajo que hacer – dijo el esqueleto.
- ¿Si no estoy muerto entonces como estoy? – preguntó mas tranquilo el hombre.
- Medio muerto – dijo el esqueleto – te has cargado su cuerpo pero necesito la guadaña para separar tu alma de la carne.
- Entonces es verdad, tenemos alma – dijo el hombre sorprendido.
El esqueleto se encogió de hombros.
- Parecía todo tan material, tan aburrido y cruel – dijo el hombre reflexionando.
- También creíais que la Tierra era plana y la luna de queso – dijo el esqueleto con una leve sonrisa – las cosas no dejan de existir porque vosotros no creáis en ellas.
- ¿Qué pasará con mi alma? – dijo el hombre preocupado.
El esqueleto se encogió de hombros.
- No puedes usar una piedra para separar el alma – dijo el hombre.
- Si pudiera ya lo habría hecho – dijo el esqueleto.
- ¿Y si renuncio a mi muerte? – dijo el hombre.
- ¿Eres tonto o algo así? – preguntó el esqueleto.
Hubo un silencio.
- ¿La muerte puede morir? – dijo el hombre.
El esqueleto no contestó.
- ¿Veré a Dios? – dijo el hombre.
- No creo que te aguante – dijo el esqueleto.
- ¿Te gusta lo que haces? – dijo el hombre.
- Es mi trabajo. Tiene su motivo – dijo el esqueleto que empezaba a impacientarse.
- Me duele mucho la rodilla – se quejó el hombre.
El esqueleto le miró y sus ojos brillaron como brasas.
- Estoy harto. Te espero otro día...- dijo el esqueleto

El hombre abrió los ojos. Tenía algunos tubos en la cara y la pierna escayolada. Una enfermara le miraba sonriendo.

© Miguel Ángel F. G. - Todos los derechos reservados.

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